Wednesday, February 04, 2026

La destrucción de Occidente.



 

La inmigración masiva es un etnocidio contra la población autóctona.

Estamos asistiendo a la destrucción sistemática de Occidente. Así como suena. Ni más ni  menos

Y ha sido planeado, no sé ¿por qué ni por quién?, pero ha sido planeado, y comenzó con la caída de las Torres Gemelas.

Me acuerdo que, después de aquello, temíamos que la venganza del “primo del zumosol” iba a ser terrible y posiblemente desmesurada.

Nos preocupaba que la represalia por aquel ataque fuera a cambiar el mundo de aquellas gentes.

Que poco nos imaginábamos entonces que aquellos a quienes les iba a cambiar el mundo, éramos nosotros.

 Todo lo que está ocurriendo es una estrategia deliberada, el plan siniestro –llámese Agenda 20-30, llámese Plan para un Futuro Sostenible o llámese el Timo de Cambio Climático- de una élite en la sombra, que ha apostado por la desaparición de Occidente, empezando por Europa.

La política de puertas abiertas, la alianza de civilizaciones, tan preconizada, entre otros, por el infame Zapatero, la diversidad de culturas y toda esa palabrería propagandística de que la convivencias entre razas era posible, las fronteras innecesarias y la cultura solo una opinión, era una mentira.

Y al final el “experimento” se ha dado de bruces con la realidad. Un país que no protege su identidad, no está protegiendo a su gente.

Y la reacción no es ningún misterio. Esto es lo que pasa cuando los  líderes políticos priorizan ideología sobre ciudadanía.

Soberanía no es un extremismo, es el requerimiento mínimo para ser una nación.

El  peligro al que se enfrenta Europa, no es simplemente un peligro ocasional, más bien en un peligro total, cósmico; se enfrenta a su desintegración presentida al borde, al abismo y el desastre.

Y no solo es por el desastre en sí, sino por el grado de descomposición histórica que todo el desastre acarrea. Su cultura, su esencia, todo lo que Europa dio al mundo.

Europa no se enfrenta a un simple sobresalto histórico ni a una crisis pasajera que pueda resolverse con ajustes superficiales. El peligro que la acecha es de una magnitud que desborda lo político y lo económico: es un peligro total, casi cósmico, porque afecta a la raíz misma de su identidad. No se trata solo de un momento difícil, sino de la sensación de estar al borde de un abismo en el que todo aquello que la ha definido durante siglos podría desvanecerse.

Lo verdaderamente inquietante no es únicamente la posibilidad del desastre, sino la conciencia de que este desastre llega tras un largo proceso de desgaste interno. Europa no solo teme un colapso externo; teme la evidencia de su propia descomposición histórica. Cada crisis —social, cultural, institucional— parece revelar capas más profundas de agotamiento, como si el continente hubiera perdido la energía espiritual que en otros tiempos lo impulsó a crear, explorar, pensar y transformar el mundo.

Porque Europa no es solo un territorio: es una tradición intelectual, un conjunto de valores, una forma de comprender al ser humano y su lugar en el mundo. Es la cuna de la filosofía, del derecho, de la ciencia moderna, de la música clásica, de la novela, de la idea misma de libertad individual. Y cuando se habla de su posible desintegración, lo que está en juego no es únicamente su estabilidad política, sino la continuidad de esa herencia que ha irradiado durante siglos más allá de sus fronteras.

Por eso el peligro es tan profundo: porque amenaza no solo el presente, sino el sentido histórico de Europa.

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