La destrucción de Occidente.
La inmigración masiva es un etnocidio
contra la población autóctona.
Estamos asistiendo a la destrucción
sistemática de Occidente. Así como suena. Ni más ni menos
Y ha sido planeado, no sé ¿por qué ni
por quién?, pero ha sido planeado, y comenzó con la caída de las Torres
Gemelas.
Me acuerdo que, después de aquello,
temíamos que la venganza del “primo del
zumosol” iba a ser terrible y posiblemente desmesurada.
Nos preocupaba que la represalia por
aquel ataque fuera a cambiar el mundo de aquellas gentes.
Que poco nos imaginábamos entonces que
aquellos a quienes les iba a cambiar el mundo, éramos nosotros.
Todo lo que está ocurriendo es una estrategia
deliberada, el plan siniestro –llámese Agenda 20-30, llámese Plan para un Futuro
Sostenible o llámese el Timo de Cambio Climático- de una élite en la sombra,
que ha apostado por la desaparición de Occidente, empezando por Europa.
La política de puertas abiertas, la
alianza de civilizaciones, tan preconizada, entre otros, por el infame
Zapatero, la diversidad de culturas y toda esa palabrería propagandística de
que la convivencias entre razas era posible, las fronteras innecesarias y la
cultura solo una opinión, era una mentira.
Y al final el “experimento” se ha dado
de bruces con la realidad. Un país que no protege su identidad, no está
protegiendo a su gente.
Y la reacción no es ningún misterio.
Esto es lo que pasa cuando los líderes políticos priorizan ideología
sobre ciudadanía.
Soberanía no es un extremismo, es el
requerimiento mínimo para ser una nación.
El peligro al que se enfrenta
Europa, no es simplemente un peligro ocasional, más bien en un peligro total,
cósmico; se enfrenta a su desintegración presentida al borde, al abismo y el
desastre.
Y no solo es por el desastre en sí, sino
por el grado de descomposición histórica que todo el desastre acarrea. Su
cultura, su esencia, todo lo que Europa dio al mundo.
Europa no se enfrenta a un simple sobresalto histórico
ni a una crisis pasajera que pueda resolverse con ajustes superficiales. El
peligro que la acecha es de una magnitud que desborda lo político y lo
económico: es un peligro total, casi cósmico, porque afecta a la raíz misma de
su identidad. No se trata solo de un momento difícil, sino de la sensación de
estar al borde de un abismo en el que todo aquello que la ha definido durante
siglos podría desvanecerse.
Lo verdaderamente inquietante no es únicamente la
posibilidad del desastre, sino la conciencia de que este desastre llega tras un
largo proceso de desgaste interno. Europa no solo teme un colapso externo; teme
la evidencia de su propia descomposición histórica. Cada crisis —social,
cultural, institucional— parece revelar capas más profundas de agotamiento,
como si el continente hubiera perdido la energía espiritual que en otros
tiempos lo impulsó a crear, explorar, pensar y transformar el mundo.
Porque Europa no es solo un territorio: es una
tradición intelectual, un conjunto de valores, una forma de comprender al ser
humano y su lugar en el mundo. Es la cuna de la filosofía, del derecho, de la
ciencia moderna, de la música clásica, de la novela, de la idea misma de
libertad individual. Y cuando se habla de su posible desintegración, lo que
está en juego no es únicamente su estabilidad política, sino la continuidad de esa
herencia que ha irradiado durante siglos más allá de sus fronteras.
Por eso el peligro es tan profundo: porque amenaza no
solo el presente, sino el sentido histórico de Europa.



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