Y es ahí, en esos momentos dramáticos, cuando dan lo mejor de sí mismos.
El accidente del tren Alvia, justo antes de llegar a la
estación de Santiago, el miércoles pasado y filmado en riguroso directo por una
cámara de seguridad que, por una de esas casualidades de la vida, se encontraba
en el sitio justo en el momento preciso, es una de los mas dramáticos e
impactantes acontecimientos que han llegado a nuestras televisiones.
Solo igualado en dramatismo por la imagen de aquellos
aviones, que todos llevamos en nuestra memoria, estrellándose contra las torres
gemelas o aquella ola gigante arrasándolo todo en el maremoto del Japón.
Documentos filmados, pequeñas obras de arte hechas sin
proponérnoslo, sin retoques ni efectos especiales, que quedan ahí para ser
estudiados y analizados por futuras generaciones que traten de saber como
éramos.
Espero que aquellos que los vean y los estudien, sepan ver
mas allá de la pantalla, sepan ver lo que sucedió después del momento trágico,
sepan ver lo la cámara no cata.
Sepan ver como el pueblo llano, el de infantería de toda la
vida, que diría Pérez Reverte, se lanza sin pensarlo a ayudar a las víctimas;
sepan ver al joven arrodillado sobre una persona que está tendida en tierra,
creo que una mujer, al que aquél no para de hablarle para mantenerla despierta
a toda costa, sabiendo que si la deja dormirse quizás ya nunca vuelva a despertar; sepan ver a aquellos dos
señores mayores de pelo cano y un montón de inviernos en el coleto, tratando de
abrirse camino entre los hierros retorcidos para tratar de penetrar en el vagón
y rescatar a las víctimas; sepan ver aquellos dos muchachos acarreando una
puerta para que les sirva de improvisada camilla, o aquella señora mayor que,
agachada, parece buscar algo entre la hiervas, pero que está en realidad tratando
desenredar la manguera para que no les falte agua a los bomberos.
Pero, y sobre todo, sepan ver otro fenómeno que casi pasa
desapercibido, la de las inmensas colas de gente que se formaron ante los
puntos habilitados para donar sangre, algo que cubrió inmediatamente la
necesidad imperativa del momento, y sin embargo la gente siguió afluyendo a las
colas en las que algunos tuvieron que esperar toda la noche y, aun al día
siguiente por la tarde, se podía apreciar el goteo incesante de gente que
seguía acudiendo para donar.
Y es que, parece increíble que un pueblo que aparece ante
los ojos de todos, como un pueblo tranquilo, trabajador, y estoico hasta la desesperación,
que parece desengañado, frustrado y pasar un poco de todo, de repente y en los momentos
de mayor necesidad, se vuelque en cuerpo y alma para ayudar a los demás, a
gente que no conoce, y es ahí, en esos momentos dramáticos cuando, sin lideres,
predicadores o politicastros, dan lo mejor de sí mismos.
Y, desde aquí, quiero dar mi más sentido pésame a todas
aquellas familias que perdieron a algún ser querido en este desgraciado y
trágico accidente, y saludar a la aldea de Angrois, a todos aquellos que acudieron
al lugar del accidente para ayudar, voluntarios y profesionales, y a todos aquellos
héroes anónimos que se presentaron voluntarios a donar su sangre.
Gracias a todos, Galicia está orgullosa de vosotros.




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